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viernes 24 noviembre 2017




Bertan > Corsarios y piratas > Versión en español: Corsarios vascos

CORSARIOS VASCOS

Notas previas

Gipuzkoa ha vivido siempre de espaldas a la larga epopeya que muchos de sus mayores vivieron en las costas y los mares, epopeya excepcionalmente escrita por los pocos descendientes de aquella legión de navegantes, pescadores, constructores navales y corsarios que dejaron desde entonces de ser actores principales de la poderosa acción que los movilizó.

Ha sido luego suficiente dejar pasar los tres últimos siglos de historia en silencio para borrar casi en absoluto la identidad vasca de sus señas de vida marítima. En lo que a los corsarios vascos se refiere, este silencio es comprensible, en parte, debido a la oscuridad que ha rodeado a muchos de ellos. La razón estaría (según Michel Iriart) en la costumbre que tenían muchos armadores de quemar todos los documentos relativos a aquellos que los enriquecieron muy a menudo. Por otra parte muchos corsarios se distinguieron únicamente en un viaje o crucero y con este dato sobresaliente no se ha podido indagar más sobre sus orígenes, vida y campañas anteriores y posteriores al hecho único que les dio renombre
Marinero vasco.
35. Marinero vasco. © Joseba Urretabizkaia
Mapamundi de Antonio Lafredi (1580).
36. Mapamundi de Antonio Lafredi (1580).
© Joseba Urretabizkaia
Bombarda.
37. Bombarda. © Joseba Urretabizkaia
Es necesario dejar claro que los corsarios no nacieron con vocación de robo, sino de mar, pues la pesca fue, en un principio, la actividad fundamental que les ocupó. Nacidos entre los montes y el mar, ésta les pillaba demasiado próxima y muchos se dedicaron a ella, pescando y comerciando. Más tarde se armaron para defenderse de los peligros que los piratas extranjeros les suponían y sólo después de armarse, se dedicaron a piratear por su cuenta.

Así, los corsarios, además de pescar y comerciar, se dedicaban al robo. En ello tuvieron mucho que ver las "patentes de corso", es decir, el permiso que un rey daba a sus súbditos marineros para perseguir a los enemigos de la Corona hasta apropiarse de lo que éstos portaran. A un corsario un rey daba permiso para robar y otro le colgaba por lo mismo.

En la concesión de este permiso se diferenciaba un corsario de un pirata. El corsario, pues, recibía la patente de corso de la autoridad real o de un gobierno, para hacer la guerra a otra nación o para interrumpir su tráfico comercial. El pirata, era un ladrón que robaba también en el mar, pero sin permiso alguno.

Las patentes de corso

Francia y luego Inglaterra inauguraron en el primer cuarto del siglo XVI la piratería en corso al enemigo (con permiso del rey) contra el tráfico español de Indias, saltándose las bulas papales y la prohibiciones del Concejo de Indias y de la Casa de la Contratación y luchando contra el monopolio ejercido por España sobre unas colonias ricas en plata.

El interés de los reyes españoles por impedir los robos y dificultar el comercio de sus enemigos encontró el medio útil, al dar patente al asalto y robo de las naves hostiles, en las figuras de los aguerridos y experimentados lobos de mar que poblaban las villas de la costa vasca. La Corona les amparaba con la condición de molestar a sus enemigos en sus barcos, por lo que comenzaron los vascos a dedicarse a tan lucrativo empleo, sobre todo sino era época de ballenas.

Las primeras patentes de corso a los vascofranceses no se dieron hasta 1528, aunque hay que decir que los labortanos, fueron de todo: corsarios, piratas, filibusteros y bucaneros. Para nuestras provincias tenemos testimonios de fines del siglo XV, como las cédulas expedidas en 1497 y 1498 por Fernando el Católico, que permiten el corso sin restricción alguna a los guipuzcoanos y vizcainos.
Ducatón de Navarra y Francia, 1733. Ocho Reales de Carlos III, 1796, 1800 y 1807. Ocho Reales de Fernando VII, 1822. Moneda de Enrique II de Navarra, 1587. Un Real de Fernando I de Navarra, 1513?. Dos Reales de Felipe V, 1721.
38. Ducatón de Navarra y Francia, 1733. Ocho Reales de Carlos III, 1796, 1800 y 1807. Ocho Reales de Fernando VII, 1822. Moneda de Enrique II de Navarra, 1587. Un Real de Fernando I de Navarra, 1513?. Dos Reales de Felipe V, 1721.
© Joseba Urretabizkaia
“El guipuzcoano instrudo”. San Sebastián, 1780.
39. "El guipuzcoano instrudo". San Sebastián, 1780. © Joseba Urretabizkaia
Veamos una patente de corso. Valga para tal ejemplo la que tenía la fragata "Nuestra Señora del Rosario", construida en el siglo XVII en San Sebastián.
"En virtud de la presente, permito al dicho capitán, Pedro de Ezábal, que en conformidad de las Ordenanzas del Corso, de 29 de diciembre de 1621 y 12 de septiembre de 1624, puede salir a corso con la referida fragata gente de guerra, armas y municiones necesarias, y recorrer las costas de España, Berbería y las de Francia, pelear y apresar los bajeles que de la nación francesa encontrare, por la guerra declarada con aquella Corona; y a los demás corsarios turcos y moros que pudiere; y a otras embarcaciones que fueren de enemigos de mi Real Corona, con calidad y declaración que no pueda ir ni pasar con su fragata a las costas del Brasil, islas de las Terceras, Madera y Canarias, ni a las costas de las Indias con ningún pretexto...

Dada en Madrid, a 28 de agosto de 1690. Yo, el Rey".
Reparto del botín de una nave corsaria.
40. Reparto del botín de una nave corsaria.
© Joseba Urretabizkaia
El edificio que actualmente ocupa el Untzi Museoa en Donostia.
41. El edificio que actualmente ocupa el Untzi Museoa en Donostia, fue lonja y cárcel del Consulado de San Sebastián.
© Joseba Urretabizkaia
Las mercaderías arrebatadas eran entregadas por los corsarios a las autoridades, Justicia Real o gobernadores de la provincia.

Lo que ocurrió es que algunos corsarios siguieron practicando el robo, unas veces sin esperar la bula real, otras veces con la patente caducada, y otras tantas en temporadas de paz entre España y sus enemigos. Todos estos últimos solían estar mal vistos por los convencionalismos y se les denominó "piratas".

En Gipuzkoa, concretamente, las patentes de corso las tramitó en un primer momento la propia alcaldía de San Sebastián, hasta que el Consulado, años más tarde, se ocupó igualmente de ello, y ambos sentenciaron sobre la legitimidad de cada aprensión que entraba en el puerto. Luego las Reales Ordenanzas del Corso señalaban el reparto del botín. Según éstas la artillería y los prisioneros correspondían a la Justicia Real, mientras que el barco y su mercadería se quedaban para la familia corsaria, repartiéndoselo proporcionalmente entre los armadores, el capitán y toda la marinería, según la antigüedad de cada uno en la nave.

Cómo y dónde actuaban

La habilidad de los hombres, la decisión de los capitanes y la codicia de la marinería, incluyendo la de los armadores, eran condiciones de las que abundantemente disponían aquellos navíos para el corso y la piratería.

Una vez instituidos como tales, el número de corsarios vascos fue creciendo rápidamente, situándose a lo largo de toda la costa vasca, y el campo de sus actividades se extendió en proporción.

Las bases principales de los corsarios guipuzcoanos, estaban en Donostia, Pasaia y Hondarribia, y su campo de acción se extendía en un primer momento hasta el Canal de la Mancha en Inglaterra. Más adelante este campo se amplió hacia el norte de Europa, las costas americanas y las costas de la Berbería, en el norte de Africa.

Las naves de los corsarios eran de propiedad particular y estaban fletadas por su propietario. Normalmente eran elegidas por su velocidad y su poco calado.

El método principal de combate era el abordaje, combinado con el uso de la artillería. De todas formas no iban excesivamente armados, si no que al confiar sus victorias a los abordajes, permitían que así el barco apresado sufriera menos daños, pues luego tenían que venderlo. Normalmente preferían el merodeo al acecho, es decir, navegar en busca de presas en vez de esperarlas en un punto fijo, aunque se combinaran las dos tácticas.
Pasaia junto a Donostia y Hondarribia.
42. Pasaia junto a Donostia y Hondarribia fue una de las bases principales de los corsarios guipuzcoanos. © Joseba Urretabizkaia
"El guipuzcoano instruido". San Sebastián, 1780.
43."El guipuzcoano instruido". San Sebastián, 1780. © Joseba Urretabizkaia
Otras veces se esperaba en el puerto a que llegase información sobre los mercantes enemigos. Los corsarios navegaban sobre todo en solitario, a veces en parejas y pocas veces, cuando el enemigo era fuerte, en grupos mayores, pequeñas flotillas, donde el reparto justo de las presas se hacía difícil y era menor.

En cuanto a las presas, unas veces simulando adentrarse a la caza de ballenas, podían hacer presa en navíos pesqueros ingleses y franceses; y otras veces, aprehendían las bodegas de los mercantes, cargados de vino, paños, sedas, brea y resina. Los navíos atacados, por consiguiente, formaban para defenderse convoyes y obligaban a los corsarios a organizar multitud de planes para apoderarse de ellos. También existió el rescate como forma de botín, es decir, el canje de los prisioneros hechos por los corsarios por dinero o, en ocasiones, el canje de estos prisioneros por ciertas personas.
Pistola inglesa de chispa del siglo XVIII.
44. Pistola inglesa de chispa del siglo XVIII.
© Joseba Urretabizkaia
Montón herrado.
45. Montón herrado. © Joseba Urretabizkaia
Por último nos queda reseñar la importancia del corso, sobre todo en lo que a nuestras costas se refiere, si lo deducimos del número de corsarios que hubo.
Parece que las tripulaciones de las embarcaciones del corso fueron muy numerosas. En el Golfo de Bizkaia y durante el siglo XVII, siglo de oro del corso vasco, las tripulaciones de las embarcaciones corsarias eran proporcionalmetne más numerosas que las que incluían las embarcaciones de la Armada Real.
En las expediciones lejanas este número se reducía por la necesidad de mayor cantidad de bastimentos.
El corso, pues, exigía un gran número de tripulantes y la población vasca no era tan numerosa, por lo que se recurría a levas. Las embarcaciones corsarias en activo, aunque muy numerosas, eran limitadas y solo salían cuando volvían las tripulaciones de otras que habían estado en el mar.
¡Al abordaje! Dibujo de Tillac.
46. ¡Al abordaje! Dibujo de Tillac.
© Joseba Urretabizkaia
Hachas. Siglos XVI-XVII.
47. Hachas. Siglos XVI-XVII.
© Joseba Urretabizkaia
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