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jueves 21 septiembre 2017




Bertan > Corsarios y piratas > Versión en español: Siglo XVII

S. XVII

El siglo de oro del corso vasco

El siglo XVII fue el siglo de oro de los corsarios vascos. El corso llegó a alcanzar tal importancia que en este siglo se dispusieron por Real Decreto de 1621 las Ordenanzas Reales del Corso (como Leyes Generales) donde se recogían las reglas que se habían de observar en su ejercicio.

En este siglo la provincia de Gipuzkoa será la zona corsaria por antonomasia del País Vasco y, dice Otero Lana, del corso peninsular.

Bilbao comienza a controlar el comercio, creando el Consulado de Bilbao, por lo que todo el comercio vasco se centraliza en esta villa. El dinamismo económico de Bilbao desplaza a Donostia como puerto comercial, que hasta 1682 y para revitalizar el comercio, no logra crear su propio Consulado. La disminución del comercio y la necesidad de recursos, convierten a Donostia en el principal puerto corsario de la Península. En esta situación se forman en Donostia dos grupos enfrentados; los armadores de corso y los comerciantes, quienes creían que el corso era un obstáculo al asustar a los mercantes. Entre los años 1622 y 1697, según Enrique Otero, hubo en nuestra ciudad ciento cuarenta y un armadores con patente y doscientas setenta y una embarcaciones de corso. De aquellos algunos eran extranjeros, especialmente vascofranceses, bretones e irlandeses.

Hondarribia fue el segundo puerto peninsular, seguido de Pasaia y, con mucha diferencia ya, Orio, Zarautz y Getaria. Esta expansión del corso hizo que lógicamente se expansionaran a su vez sus escenarios de actuación. Los lugares tradicionales, como eran la costa vasca y las Indias, siguieron considerándose como tales, mientras las aguas del norte de Europa (Francia, Inglaterra, Holanda, Irlanda,) se ampliaron más hacia el norte, y otras, como las aguas de Terranova, fueron abandonándose.
Estampa de puerto vasco. S. XVII.
77. Estampa de puerto vasco. S. XVII.
© Joseba Urretabizkaia
Escudo del Consulado de San Sebastián.
78. Escudo del Consulado de San Sebastián.
© Joseba Urretabizkaia

Terranova y los mares del norte

Habíamos dicho anteriormente que, para finales del siglo XVI, la pesca en Terranova había empezado a declinar por motivos políticos. A esto se sumaba el agotamiento de las pesquerías de las ballenas en aquella gran bahía, que iría haciéndose patente a lo largo del siglo XVII, debido según unos a la disminución de su número, a su huida de la persecución del hombre o a una emigración por el cambio de la temperatura de las aguas.

De esta manera, los vascos irían abandonando aquellas tierras poco a poco, aunque todavía está documentada su presencia en Terranova en la primera década del siglo que nos ocupa y aun a mediados del siglo. En las costas vascas aun quedaban ballenas, aunque también en retroceso desde el siglo XIV.

Sin embargo, no por ello renunciaron a la caza de las ballenas, si no que ampliaron sus lugares de faena, desplazándose hacia los mares del norte. En 1612 Juan de Herauso, donostiarra, partió con su barco hacia la tierra de "Groillandt, que es más septentrional que la Noruega y podía ser la pesquería más abundante". La campaña fue buena y regresaron, animándose otras naves, que en total de doce, partieron hacia el mismo punto un año más tarde. Al llegar a aquella costa, dos galeones ingleses de guerra les fueron desvalijando según los donostiarras iban llegando y les hicieron pescar para ellos. Realizando todo ello con patente del Rey de Inglaterra.

Años más tarde los vascos serían solicitados por los ingleses para cazar ballenas en el Artico, por ser "prácticos en el manejo del arpón". Los ingleses se encargaban de los hornos y barricas. A bordo de naves inglesas veinticuatro vascos se embarcaron a las órdenes de Baffin en ruta a Spitzbergen. De aquí en adelante, son numerosos los testimonios de fallecimientos de marineros vascos en el cabo Norte, al norte de Islandia y en el Mar de Noruega.
Costa Guipuzcoana.
79. Costa Guipuzcoana. © Joseba Urretabizkaia
Hondarribia fue el segundo puerto peninsular en importancia del corso durante el siglo XVII.
80. Hondarribia fue el segundo puerto peninsular en importancia del corso durante el siglo XVII.
© Joseba Urretabizkaia

Las costas vascas

El peligro extranjero
En nuestras costas, los vascos no sólo hicieron notablemente el corso, sino que también tuvieron que sufrirlo.

Los corsarios holandeses hicieron sus incursiones en las costas vascas, llegando incluso a usar algunos puertos vascos como propias ladroneras, sirviéndose de tales como atalayas.

El temor a sufrir invasiones extranjeras era frecuente. Así el temor a una invasión de Donostia, esta vez a cargo de los ingleses, creció en 1626. Por lo que se ordenó cerrar el río Urumea, a la altura del puente de Santa Catalina, con una cadena y fijar además una estacada desde la Puerta de Tierra al arenal. Sin embargo, no salieron bien las cosas.

Pero los más activos en este sentido fueron los piratas de La Rochelle, quienes ya a fines del siglo XVI habían atacado a los guipuzcoanos.

En 1621, los guipuzcoanos escribieron a los diputados de Donibane Lohitzun y al año siguiente a los de Ziburu, para pedirles armas y refugio contra los rochelleses, que casi todos los inviernos atacaban las costas vascas y que daban bastante que hacer. Para reprimir los duros ataques de aquellos piratas, hubo expediciones de castigo hacia el puerto de la Rochelle por parte de los corsarios de Donibane Lohitzun, que fueron con el permiso real.

De todas formas, los nuestros no siempre salieron perjudicados, ya que como recoge Camino, los corsarios donostiarras, por estos años, lograron de los rochelleses y holandeses ciento veinte navíos con mercaderías.
Grabado de De Bry, de 1601, representando a un barco rodeado por los hielos.
81. Grabado de De Bry, de 1601, representando a un barco rodeado por los hielos.
© Joseba Urretabizkaia
Mapa de Spitzbergen.
82. Mapa de Spitzbergen. Los marinos vascos eran contratados por los ingleses para cazar ballenas en el Artico. © Joseba Urretabizkaia
Guipuzcoanos en Bilbao
Para cobrar aquellas presas los corsarios guipuzcoanos, y también los vizcainos, frecuentaban el puerto de Bilbao, habitualmente lleno de barcos por el auge del comercio de esta villa, colocándose en la vecindad de la ría, donde esperaban a las presas buenas holandesas e inglesas, a las que abordaban.

Se destacó el capitán donostiarra Agustín de Arizabalo quien se situaba en la bocana del puerto bilbaíno y que en 1658 fue apresando toda nave que llegara del septentrión europeo; mercantes franceses, holandeses y portugueses.

Esta actitud de los guipuzcoanos de ir a atacar naves extranjeras a la ría bilbaína, tuvo su respuesta en las quejas que, tímidas al principio y por presiones de los Países Bajos, comenzó a hacer el consulado de Bilbao. Y no le faltaba razón, ya que estos guipuzcoanos no actuaban sino como verdaderos piratas, que entraban en los puertos vizcaínos como en la cocina de su casas, para expoliar, con la mayor impunidad, a los extranjeros.
Grabado del puerto de La Rochelle.
83. Grabado del puerto de La Rochelle.
© Joseba Urretabizkaia
Portulano de San Sebastián. A la izquierda el puente de Santa Catalina.
84. Portulano de San Sebastián. A la izquierda el puente de Santa Catalina. © Joseba Urretabizkaia
Intentos de defensa
A partir de 1688, además, las fragatas ligeras francesas, balleneros que habían sido armados para aquel momento, eran el terror de las costas del Atlántico. La mayor incidencia de estas fragatas se dejó notar al recrudecerse la lucha del rey francés Luis XIV con los aliados europeos de la liga de Augsburgo, entre los que estaba España. Algunas de estas fragatas se dedicaron al corso en las costas vascas, por lo que el Consulado de Bilbao y el comercio de San Sebastián tomaron cartas en el asunto.

El Consulado de Bilbao fletó, en 1691, dos fragatas para que vigilaran su zona, las cuales derrotaron a una flota de corsarios franceses.

El comercio de Donostia, para mantener la seguridad de su costa, construyó en 1690 una fragata, cuyo mando se confió a Pedro de Ezábal, vecino de la Concha, quien salió de paso a corsear con patente real y apresó a diversas naves, de las tan temidas francesas, que pululaban por nuestras aguas.
Grabado de Bilbao.
85. Grabado de Bilbao.© Joseba Urretabizkaia
En 1690, se construyó una fragata para corsear y defender la costa donostiarra de los ataques franceses.
86. En 1690, se construyó una fragata para corsear y defender la costa donostiarra de los ataques franceses. © Joseba Urretabizkaia
La instrucción Real relativa a esta fragata decía:

"Los hombres de negocios de esta Ciudad han fabricado una fragata de guerra de trescientas toneladas, con cuarenta y dos piezas de artillería, nombrada "Nuestra Señora del Rosario", para corsear y guardar estas costas de las invasiones de franceses; y, salida a este efecto a la mar, en virtud de patente de Su Magestad, tripulada con gente de la tierra, ha apresado muchos navíos franceses y traídoles al puerto de esta ciudad, de donde salió; habiendo peleado con tal valor y buena fortuna que ha puesto terror y ahuyentado a los franceses de estas costas, en tiempo que las tenían infestadas de manera que cerraban los puertos, hasta ponerse debajo de la artillería del castillo de la Mota..."

Las autoridades no tardaron en darse cuenta de las ventajas que se obtendrían favoreciendo las energías de los marinos vascos, cuyas expediciones animaban para atraérselos a su control.

Hasta que sonó la paz de Ryswick, firmada en 1697, poniendo fin a la guerra entre la Liga de Augsburgo y el Rey Sol.
Joanes de Suhigaraychipi, "Le Coursic"
Uno de aquellos corsarios franceses que por entonces atacaban nuestra costa era el bayonés Joanes de Suhigaraychipi, más conocido por "le Coursic" (el pequeño corsario). Fue corsario del rey y ganó títulos de nobleza por las hazañas y servicios prestados.

Su fragata, la "Légère", tenía autorización para dedicarse al corso contra los españoles y además contra Holanda. Su éxito fue tal que el propio gobernador de Baiona entró a medias con él para el armamento de su fragata, que contaba con veinticuatro cañones. La operación resultó tan fructífera que, en menos de seis años, había capturado cien navíos. Con el apoyo de otra gente de alcurnia, su fragata, que solía salir del puerto de Sokoa, no tardó en ser el terror de ingleses y holandeses.

Una de sus hazañas más renombradas tuvo lugar en 1692, precisamente en nuestras aguas, pues se desarrolló a la vista de la Concha donostiarra. Fue que a la altura del puerto de San Antonio, en Bizkaia, descubrió dos bajeles holandeses que iban hacia nuestra capital y en dos días les dio alcance. Se acercó al primero que era de quinientas toneladas, treinta y seis cañones ycien marineros, y lo atacó con una descarga. Lo abordó por dos veces a pesar de la desproporción y herido hubo de retirarse por el fuego enemigo, lo que no le impidió seguir arengando a sus vascofranceses. Fueron cinco horas de lucha y un combate tan sangriento que sólo quedaron diez y ocho marineros de toda la marinería holandesa. El segundo bajel holandés fue también a pique. En el lugar de la tragedia, solo quedaron cinco vascos muertos.
El horizonte siempre ha supuesto un reto para los marinos.
87. El horizonte siempre ha supuesto un reto para los marinos.© Joseba Urretabizkaia
Joanes de Suhigaraychipi, “Le Coursic”, afamado corsario bayonés. (Dibujo de P. Tillac).
88. Joanes de Suhigaraychipi, "Le Coursic", afamado corsario bayonés. (Dibujo de P. Tillac).
© Joseba Urretabizkaia
Unos días más tarde, "le Coursic" volvió a navegar. Nada más atravesar la desembocadura del Adour, le embistió una corbeta inglesa equipada con ciento veinte hombres y sesenta y cuatro cañones. El bayonés le atacó sin darle tiempo nada más que para resistir. En el combate que comenzó a las ocho de la mañana y terminó a las tres de la tarde, venció el de la "Légère" al inglés con su captura. Aquella victoria, celebrada por el público apiñado en las dos orillas del canal, fue tan sonada que le animó a dar clases de corso para equipar más corsarios, todos bajo su mando y en busca de la nueva flota española que se aprestaba a echarse a la mar.

En el Golfo de Bizkaia apresó después unos buques holandeses.

Y fuera de nuestras aguas, hay que mencionar la expedición que hizo a Spitzbergen, en el norte de Europa, contra los holandeses, de donde regresó con un cargamento de ballenas.

En seis años capturó él solo cien veleros mercantes y, en ocho meses, con ayuda de las fragatas del rey, ciento veinticinco. Llenó de tal forma con sus despojos el puerto de Donibane Lohitzun, que el gobernador de Baiona escribió a Luis XIV: "Puede pasarse desde la casa en que se alojaba Su Majestad, hasta Ciboure, sobre un puente de navíos apresados, sujetos unos a otros". A su audacia prodigiosa unía una lealtad de gentilhombre. Toda falta a la palabra dada y toda traición, las castigaba sin piedad. Después de varios años se dedicó a proteger contra los ingleses, el regreso de los vascofranceses y de los bretones de Terranova. Y en 1694, fue muerto en aquellas tierras, donde consta en su lápida como "Capitán de fragata del rey", el mismo que le autorizó para desvalijar más de cien mercantes.
Ziburu visto desde Donibane Lohitzun.
89. Ziburu visto desde Donibane Lohitzun.
© Joseba Urretabizkaia
En Baiona se conserva la casa de "Le Coursic", en la calle que hoy lleva su nombre.
90. En Baiona se conserva la casa de "Le Coursic", en la calle que hoy lleva su nombre.
© Joseba Urretabizkaia

Corsarios en Europa

Un renteriano sin fortuna
Ya hemos visto com además de las costas vascas, el otro gran escenario donde los corsarios vascos iban a realizar sus actos, era el norte de Europa.

Concretamente en torno a los años 1626 y 1627, seis navíos y trece pataches de Donostia participaron en una operación pirata en torno a Irlanda y Escocia, de ellos sólo sabemos, gracias a J. César Santoyo, lo que hizo el "San Jorge", mandado por Miguel de Noblecía, renteriano, ya que los navíos actuaban en solitario. El primer año la expedición no resultó, porque los donostiarras en el puerto irlandés de Berchavan y con la presa casi en sus manos, se amedrentaron de los irlandeses y regresaron. Al año siguiente, el "San Jorge" volvía a salir de la Concha y llegó al puerto del año anterior, donde se abasteció "legalmente". Entonces se dirigió por la costa oeste de Irlanda, esperando que la fortuna colocara frente a sí una presa, pero ya que no veía ninguna, hubo que salir a buscarla en tierra. Se propuso a tres comerciantes irlandeses subir a bordo y uno de ellos volvió a tierra para pagar el secuestro de los otros dos y aprovisionar a aquellos piratas. Pero hecho esto, un navío de guerra inglés le cortó la retirada y fueron a parar a la cárcel.
La posada de Juana Larando.
91. La posada de Juana Larando.
© Joseba Urretabizkaia
Espadas de barquilla y de taza de los siglos XVII y XVI.
92. Espadas de barquilla y de taza de los siglos XVII y XVI. © Joseba Urretabizkaia
Juana Larando: una viuda corsaria donostiarra
El sobresaliente papel que había tomado Donostia como puerto corsario atrajo, como ya hemos visto, a armadores profesionales de todas partes, así como a marineros de las regiones vecinas del norte peninsular y del extranjero, gente que residía en posadas, entre expedición y expedición.

En 1630 Juana Larando, una viuda donostiarra, tenía una posada, donde alojaba a unos diez y ocho aventureros de la más diversa procedencia y les daba "todo en fiado, hasta que viniesen con presa y cobrasen lo que procediese", como está documentado en el Archivo del Corregimiento de Tolosa.

La ganancia que con esto sacó, la invirtió en la compra de un patache o barco pequeño, junto a dos socios, oriotarra uno y donostiarra otro, al que bautizaron como "San Juan", el campo de operaciones del patache fue la costa de Francia y "el canal de Inglaterra". Su capitán fue Juan de Echániz.

En una de las salidas del patache lograron hacer una presa de doce mil ducados. A la vuelta se organizó un motín a bordo; el "San Juan" quedó inservible y abandonado, y se hicieron con otro mejor y holandés, el "San Pedro". Con él llegaron a Zumaya, donde se vendió por once mil ciento cincuenta y cinco reales.

El caso es que el reparto de aquellos reales originó todo un alboroto; reparto al que también entraba el párroco de Orio (a quien habían encargado misas por el éxito de la empresa del "San Juan") el intérprete durante el juicio a que dio origen el reparto, la comida que ofrecieron a los flamencos apresados (antes de devolverlos sin barco) y el precio de la chalupa en que los remitieron a su país. El resultado del reparto fue así: a la viuda Juana de Larando le dieron tres mil seiscientos nueve reales; al capitán Echániz, seiscientos setenta y siete; al intérprete cien reales, mientras que a cada corsario sólo le correspondieron ochenta y seis reales. Porcentaje este, bastante exiguo para tan excepcional presa.
Apoyo Real
Sin embargo, no todo fue actuar por su cuenta y riesgo. También existió en este siglo el apoyo real al corso, el respaldo de la Corona a los corsarios vascos o el trabajo de encargo.

En 1633 el rey ordenó "formar una escuadra de navíos para que anden a corso contra los rebeldes y enemigos de la Corona Real", y de la cual habían de formar parte todos cuantos se ofrecieran a cada navío, como oficial o como trabajador.

De testimonios como éste se desprende el hecho de que no todos los corsarios procedían de la costa. Con todo, resulta bastante difícil encontrar corsarios en los libros de finados del interior de la provincia. Entre ellos tenemos constancia de, Antonio de Aguirre, de Abaltzisketa; los amezketarras, Juan de Zuriarrain o Miguel de Gorostegui; el ataundarra José de Goicoechea y el tolosarra Ignacio de Bengoechea, entre otros.

A partir de 1660 las embarcaciones corsarias de Donostia y Hondarribia se presentaron en los puertos gallegos y los utilizaron como base para las sucesivas salidas corsarias hacia Inglaterra, el Canal de la Mancha e Irlanda, por estar aquellos mejor comunicados con esas aguas que los suyos propios.

Y así seguirían, hasta que se firmó la paz con Francia, hasta cierto punto. Gipuzkoa y Laburdi volvieron a ajustar, como en el siglo XVI, una concordia en 1652, en la que establecieron las reglas de aquel juego del corso. Según éstas, no podrían apresar ninguna nave que acudiera a puerto alguno de ambas zonas. Por lo demás, podían los corsarios de ambas partes seguir con sus fechorías, atacándose unos a otros, sin que por ello pudiera considerarse violada la tregua. El acuerdo fue aprobado por los Consejos de Guerra español y francés. Se ordenó su cumplimiento y se confirmó en 1667, 1675 y 1694.
Costa de Iparralde.
93. Costa de Iparralde.© Joseba Urretabizkaia
El término bucanero viene de "boucan", la carne ahumada que se elaboraba en las Antillas.
94. El término bucanero viene de "boucan", la carne ahumada que se elaboraba en las Antillas. (Dibujo de P. Tillac). © Joseba Urretabizkaia
"El espanto de la Gran Bretaña"
Firmada la paz con Francia, los corsarios vascos, volvieron la vista a Inglaterra.

Según asegura Camino, más que nunca en la década del 50 al 60 "aterraron los mares los famosos corsarios donostiarras, causando espanto a todo el poder marítimo de la Gran Bretaña". Antonio de Oquendo, por su parte, asegura que "las hostilidades que sentía Inglaterra de las fragatas de San Sebastián y Pasajes, fueron uno de los motivos que le obligaron a desear la paz".

Para comprender mejor este temor a Donostia, figura el dato proporcionado en 1682 por el Consulado donostiarra, que aseguraba que..."en 1656, había en los puertos de esta ciudad de naturales de ella y de la provincia, cincuenta y seis navíos, con que hacían hostilidades a los enemigos de la Corona, siendo constante que el grave daño que de éstos había recibido la navegación y el comercio de Inglaterra, había obligado a aquel reino, a hacer las paces". En esta línea actuó Fermín de Alberro, quien se situó en 1684 a la altura de Gales y allí aguardó y abordó a un navío de Bristol, que iba a Bilbao con plomo, lienzos y planos. Aquel navío entró de vacío en la capital vizcaína, mientras que su carga entró en el muelle donostiarra, entre la algazara del vecindario que participaba en las novedades.

Corsarios en las Indias

También durante el siglo XVII, al igual que en el XVI, continuaron los ataques de ingleses y franceses ante la debilidad de la flota española, aquejada ahora de otros males: el contrabando que ejercían los anteriores y los ataques de los piratas bucaneros establecidos en diversos puertos del Caribe, principalmente en la isla de La Tortuga, quienes, apoyados por los ingleses y holandeses de aquellas colonias, fueron la pesadilla de todos los ricos emporios de Las Antillas y de los barcos que hacían el tráfico intercolonial. El nombre de bucaneros les venía del "boucan", la carne ahumada de res, desecada y salada, que elaboraban.

La respuesta de España al problema del contrabando en el Caribe fue la concesión de patentes a corsarios que patrullaban el litoral de la colonia y detenían a cualquier barco extranjero, sospechoso. Los barcos y la artillería apresados pasaban a la flota española para defender las colonias.

Contra los corsarios y piratas de las Indias se destacan varios vascos.
Tomás de Larraspuru
Tomás de Larraspuru, azkoitiarra que con el tiempo fue ascendido a almirante del mar, llegó a las Antillas en 1622 al mando de catorce galeones y dos pataches y con el fin de limpiar aquellas islas de enemigos. Desde la isla de la Margarita, recorrió todo el mar Caribe y limpió las islas menores de guaridas de contrabandistas ingleses y franceses, y reunió las flotas de Nueva España y Tierra Firme. Un año más tarde, llegaba a España con un tesoro de cerca de trece millones en barras, oro y frutos, y con fama de ser el mejor de los generales que gobernaba la escuadra. Falleció al cabo de diez años.
Michel le Basque
Tras el azkoitiarra, los holandeses con su poderío naval, rompieron la supremacía española en el Caribe, dejando las Antillas a merced de ataques extranjeros.

Y entre aquellos no podemos silenciar a Michel, le Basque, de Donibane Lohitzun. Este, se asentó en la segunda mitad del siglo XVII en la isla de La Tortuga, asociado a otro bucanero como él, el Olonés, con quien realizó algunos ataques. Primero se adueñó de un galeón en el mismo puerto de Porto Bello y de un espléndido botín. Años más tarde, en 1666, decidió atacar el puerto de Maracaibo, que poseía un comercio muy activo, defendido por doscientos cincuenta hombres y catorce cañones, y lo saqueó, haciendo huir a la población. Se adueñó de los ornamentos eclesiásticos, con la intención de trasladarlos a la iglesia que pensaba fundar en La Tortuga. Al año siguiente con sólo cuarenta hombres, volvió a saquear Maracaibo y se apoderó de una importante suma.
Michel le  Basque.
95. Michel le Basque.© Joseba Urretabizkaia
Años más tarde, el gobernador de Cartagena quiso limpiar de piratas aquella zona, enviando una pequeña escuadra contra ellos. Pero le bastó a Michel le Basque un par de bergantines para adueñarse de los gubernamentales y devolverlos al gobernador con su gratitud.

El barco de Michel le Basque, era la fragata "la Providence", construida en Donibane Lohitzun. Tenía diez y seis cañones. Sus hombres eran, con Michel le Basque y el capitán Larralde, cerca de cuarenta.
Una armada guipuzcoana rumbo a "La Tortuga"
El problema de los ataques piratas en Indias siguió sin solución durante unos cuantos años.
En 1685 unos armadores de Gipuzkoa prepararon una armada de fragatas para ir contra los corsarios de Indias, como consta en el Archivo General de Indias, en un legajo que me suministró José Garmendia.

Se trataba de un contrato con los armadores de Gipuzkoa para preparar una armada contra los piratas ingleses que pululaban en las Indias. La Junta de Guerra de Indias trató con los armadores de Gipuzkoa para hacerse con una armada para el caso. Los armadores fueron donostiarras y hondarribitarras, y nombraron al conde de Canalejas, para que fuese conservador de la escuadra y a tres religiosos de San Telmo se les dio puesto en la armada, pues "los más no entienden la lengua castellana".

La construcción de esta armada se hizo en el astillero de Anoeta, de Donostia, y fue muy rápida. Estaba compuesta por la capitana "Nª Sra. del Rosario y Animas", de doscientas cincuenta toneladas y treinta y cuatro cañones, la almiranta "San Nicolás de Bari", con ciento cuarenta toneladas, y el patache "San Antonio" y la "Santiago". En total la integraban cuatrocientos setenta y siete hombres.

Ya en aguas americanas algunos se fugaron y se tuvo que vender una fragata por necesidad. La lucha con los corsarios ingleses se produjo en la isla de la Tortuga con un bajel y un balandrín.
Pero parece ser que la escuadra no reunía las condiciones para la lucha a la que iba destinada, y la marinería no iba adecuadamente dispuesta.
No tenemos más datos de esta armada que nos permitan averiguar que fue de ellos
Mapa de la isla de La Tortuga.
96. Mapa de la isla de La Tortuga.
© Joseba Urretabizkaia
Catalina de Erauso, retrato pintado por F. Pacheco.
97. Catalina de Erauso, retrato pintado por F. Pacheco. "La monja alférez" (San Sebastián 1592), fue una de los cuatro únicos supervivientes del "Jesús María", nave capitana española que en el combate de Cañete (1615) frente a las costas de Chile, fue hundida por la escuadra del corsario alemán Georg von Spilberg, contratado por los holandeses. (Kutxa. Donostia).
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