Propiedad y herencia
Mayorazgos, propietarios e inquilinos
La tradición histórica y el sentido común siempre han exigido que la propiedad del caserío y sus terrenos se transmitiesen íntegros en el seno de la misma familia. Esta practica tan razonable permitió que la superficie de las explotaciones no se fragmentase y se mantuviese por encima del mínimo necesario para garantizar la supervivencia de los labradores, pero no impidió que se formasen cuatro grupos sociales en el campo guipuzcoano, definidos por su diferente posición respecto a la propiedad de la tierra.
La clase privilegiada la integraban los dueños de varios caseríos o nagusiak, que se beneficiaban de las rentas de la agricultura sin manchar sus manos en ella. Les seguían los pequeños propietarios o etxejabeak, hombres respetados que aun siendo minoritarios constituían el emblema del país, y que se dedicaban personalmente a explotar los recursos de su casa solar heredada. El grupo mas numeroso era el de los colonos arrendatarios o maisterrak, que mediante un contrato renovable se asentaban en caseríos ajenos y mantenían con sus cosechas a las familias aristocráticas locales. Por ultimo, en el nivel mas bajo, se encontraban los criados rurales o morroiak, que a cambio de comida, techo y vestido colaboraban de por vida con los labradores independientes e incluso con algunos arrendatarios acomodados. Habitualmente recibían un trato afectuoso, pero al carecer por completo de recursos estaban condenados a no poder formar nunca una familia propia. había también algunos peones asalariados, piontzak, pero su numero era prácticamente irrelevante en Guipúzcoa.
La familia mas poderosa de la Provincia era la de los Idiaquez de Azkoitia, sucesora de los antiguos señores de Loyola, que entre fines del siglo XVI y mediados del XVII consiguió reunir medio centenar de caseríos entre Beasain, Azpeitia, Azkoitia, Elgoibar, Deba y Mutriku. A escala menor no faltaban en cada pueblo un par de fortunas locales de renombre, respaldadas por la posesión de una decena de granjas del entorno.
Los grandes patrimonios rurales no se formaron por compraventa de caseríos, sino que surgieron por matrimonios de conveniencia entre herederos –a menudo entre dos parejas de hermanos- y se consolidaron con la fundación de nuevas viviendas en zonas despobladas ocupadas por el bosque. Una vez que estos bienes entraban en la orbita de la familia quedaban perpetuamente vinculados a ella en régimen de mayorazgo, de manera que un solo heredero los recibía todos juntos y no podía hipotecarlos ni venderlos bajo ningún concepto; ni siquiera para pagar deudas que tuviese contraidas.
El caserío arrendado: pagos y plazos
El reverso de la moneda de la gran propiedad fue la nutrida masa de colonos que poblaron los caseríos guipuzcoanos pagando por el derecho a trabajar la tierra. Ineludiblemente, una vez al año –casi siempre el día de Todos los Santos-, los maisterrak se acercaban a su cita en el caserón del amo o del administrador para hacer entrega de la renta pactada.
La renta se desglosaba en varios capítulos diferentes. Habitualmente el dinero en metálico tan solo constituya una pequeña parte del pago total, mientras que el apartado más gravoso era la entrega de una cantidad variable de fanegas de trigo: en los casos de las granjas mas fertiles por encima de 1.500 kilos, y en las modestas escasamente 400. A lo dicho se sumaban las caricias o regalos obligatorios, que consistían en capones, carneros, manzanas, huevos, quesos, miel y otros alimentos exquisitos. Por ultimo, el inquilino se comprometía a conservar y mejorar la capacidad de producción de la finca, obligándose a abonarla regularmente con cal y a hacer plantaciones de castaños y manzanales. También se le exigían reparaciones menores en el caserío, y en algún caso un reteje completo o la construcción del horno. Las obras mayores corrían a cuenta del dueño. Antiguamente los contratos solían ser breves, de cuatro a diez años generalmente, lo que permitía al propietario subir periódicamente la renta y añadir nuevas cargas, al mismo tiempo que seleccionar a los candidatos mas trabajadores o a los que le inspirasen mayor confianza. Ello no era obstáculo para que en circunstancias normales se instaurasen buenas relaciones que favorecían la renovación del acuerdo e incluso la sucesión de los hijos del inquilino al frente de la explotación, pero para ello había que cuidar que el amo estuviese siempre satisfecho.
Con la llegada de la industrialización a Guipúzcoa y la amenaza de la despoblación rural, el poder de los propietarios disminuyo y los labradores ganaron en estabilidad, de manera que las ultimas generaciones de inquilinos apenas se han movido de su caserío y han llegado a considerarlo casi propio.
Herencia vasca con leyes castellanas
Desde que en los siglos XII-XIII comenzaron a fundarse los primeros caseríos familiares en Guipúzcoa, se había instituido la tradición de seleccionar a uno solo de los hijos para que sucediera al padre al frente de la explotación agrícola, desheredando al resto de los hermanos. Sobre esta base de herencia indivisible, que protegía la viabilidad económica de la casa por encima del bienestar individual de sus ocupantes, se formo la clase de pequeños propietarios que ha constituido la medula histórica de los caseríos.
Pero Guipúzcoa estaba integrada en la corona castellana y las leyes del reino en materia de sucesiones tenían un espíritu completamente distinto a la costumbre vasca. En concreto, el viejo Fuero Real, cuya aplicación se había hecho obligatoria a partir de 1348, defendía el derecho de todos los hijos a recibir su parte legitima de los bienes paternos, y a lo sumo consentía que al favorito se le beneficiase con un tercio del total. Desde aquellas fechas los guipuzcoanos trataron de que se les reconociese su normativa peculiar, argumentando –sin éxito- que la partición suponía la muerte del caserío.
Como no obtuvieron respuesta a estas peticiones tuvieron que idear una formula que les permitiera respetar la letra de la ley y al mismo tiempo lograr el resultado practico de transmitir la casa y las tierras a un solo heredero. La solución adoptada desde principios del siglo XVI a fines del XIX fue la de donar el caserío al hijo designado como sucesor en el mismo momento en que este contraía matrimonio. Mediante un pacto que se redactaba por escrito el hijo y su nueva esposa se convertían así en propietarios, pero a cambio se comprometían a seguir tratando con respeto a los padres, a cederles en usufructo la mitad de los bienes recibidos y, llegado el momento, a pagarles unos funerales dignos. A los demás hermanos se les apartaba dándoles algún dinero, un arca y una cama con muda nueva.
Los padres solían mostrarse recelosos de perder demasiado pronto su autoridad y a menudo trataban de retrasar la boda todo lo posible, lo que dio lugar a que muchas parejas guipuzcoanas demasiado impacientes concibieran hijos ilegítimos antes de celebrarse matrimonio. En el momento en que, finalmente, la nueva nuera era admitida en la casa de forma oficial, la madre le entregaba ceremoniosamente el cucharón de madera con el que se repartía la comida: un gesto simbolico que marcaba la cesion definitiva del poder.