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Bertan > Baserria: El caserío en Gipuzkoa > Versión en español: Propiedad y herencia

Propiedad y herencia



Mayorazgos, propietarios e inquilinos

La tradición histórica y el sentido común siempre han exigido que la propiedad del caserío y sus terrenos se transmitiesen íntegros en el seno de la misma familia. Esta practica tan razonable permitió que la superficie de las explotaciones no se fragmentase y se mantuviese por encima del mínimo necesario para garantizar la supervivencia de los labradores, pero no impidió que se formasen cuatro grupos sociales en el campo guipuzcoano, definidos por su diferente posición respecto a la propiedad de la tierra.

50.	El palacio de los Lili-Idiaquez (Zestoa) fue desde principios del siglo XVI la residencia de uno de los clanes familiares que mayor numero de caserios poseia en Guipuzcoa.
50. El palacio de los Lili-Idiaquez (Zestoa) fue desde principios del siglo XVI la residencia de uno de los clanes familiares que mayor numero de caserios poseia en Guipuzcoa. © Xabi Otero
51.	Los maisterrak constituian el grupo mayoritario de los labradores guipuzcoanos.
51. Los maisterrak constituian el grupo mayoritario de los labradores guipuzcoanos. © Xabi Otero

La clase privilegiada la integraban los dueños de varios caseríos o nagusiak, que se beneficiaban de las rentas de la agricultura sin manchar sus manos en ella. Les seguían los pequeños propietarios o etxejabeak, hombres respetados que aun siendo minoritarios constituían el emblema del país, y que se dedicaban personalmente a explotar los recursos de su casa solar heredada. El grupo mas numeroso era el de los colonos arrendatarios o maisterrak, que mediante un contrato renovable se asentaban en caseríos ajenos y mantenían con sus cosechas a las familias aristocráticas locales. Por ultimo, en el nivel mas bajo, se encontraban los criados rurales o morroiak, que a cambio de comida, techo y vestido colaboraban de por vida con los labradores independientes e incluso con algunos arrendatarios acomodados. Habitualmente recibían un trato afectuoso, pero al carecer por completo de recursos estaban condenados a no poder formar nunca una familia propia. había también algunos peones asalariados, piontzak, pero su numero era prácticamente irrelevante en Guipúzcoa.

52.	Francisco Xavier Maria de Munive e Idiaquez (1729-1785), Conde de Peñaflorida, habia heredado un inmenso patrimonio de granjas y caserios en Guipuzcoa. Desde su puesto de director y fundador de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del Pais se esforzo por modernizar las tecnicas de la agricultura tradicional vasca.
52. Francisco Xavier Maria de Munive e Idiaquez (1729-1785), Conde de Peñaflorida, habia heredado un inmenso patrimonio de granjas y caserios en Guipuzcoa. Desde su puesto de director y fundador de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del Pais se esforzo por modernizar las tecnicas de la agricultura tradicional vasca. © Xabi Otero

La familia mas poderosa de la Provincia era la de los Idiaquez de Azkoitia, sucesora de los antiguos señores de Loyola, que entre fines del siglo XVI y mediados del XVII consiguió reunir medio centenar de caseríos entre Beasain, Azpeitia, Azkoitia, Elgoibar, Deba y Mutriku. A escala menor no faltaban en cada pueblo un par de fortunas locales de renombre, respaldadas por la posesión de una decena de granjas del entorno.

Los grandes patrimonios rurales no se formaron por compraventa de caseríos, sino que surgieron por matrimonios de conveniencia entre herederos –a menudo entre dos parejas de hermanos- y se consolidaron con la fundación de nuevas viviendas en zonas despobladas ocupadas por el bosque. Una vez que estos bienes entraban en la orbita de la familia quedaban perpetuamente vinculados a ella en régimen de mayorazgo, de manera que un solo heredero los recibía todos juntos y no podía hipotecarlos ni venderlos bajo ningún concepto; ni siquiera para pagar deudas que tuviese contraidas.

El caserío arrendado: pagos y plazos

El reverso de la moneda de la gran propiedad fue la nutrida masa de colonos que poblaron los caseríos guipuzcoanos pagando por el derecho a trabajar la tierra. Ineludiblemente, una vez al año –casi siempre el día de Todos los Santos-, los maisterrak se acercaban a su cita en el caserón del amo o del administrador para hacer entrega de la renta pactada.

53.	Caserio Agarreurreta (Zaldibia). Durante los siglos XVIII y XIX los grandes propietarios dividian los viejos caserios en porciones u ordenaban la construccion de casas dobles para conseguir alojar a mas familias de inquilinos en el mismo espacio.
53. Caserio Agarreurreta (Zaldibia). Durante los siglos XVIII y XIX los grandes propietarios dividian los viejos caserios en porciones u ordenaban la construccion de casas dobles para conseguir alojar a mas familias de inquilinos en el mismo espacio. © Xabi Otero
54.	Las castañas constituian uno de los alimentos basicos de las cenas de invierno.
54. Las castañas constituian uno de los alimentos basicos de las cenas de invierno. © Xabi Otero
55.	Maravedis de Fernando VII, acuñados en 1833. La renta del caserio se pagaba en trigo y otras especies: solamente en el siglo XIX comienzan a hacerse habituales los pagos en moneda.
55. Maravedis de Fernando VII, acuñados en 1833. La renta del caserio se pagaba en trigo y otras especies: solamente en el siglo XIX comienzan a hacerse habituales los pagos en moneda. © Xabi Otero

La renta se desglosaba en varios capítulos diferentes. Habitualmente el dinero en metálico tan solo constituya una pequeña parte del pago total, mientras que el apartado más gravoso era la entrega de una cantidad variable de fanegas de trigo: en los casos de las granjas mas fertiles por encima de 1.500 kilos, y en las modestas escasamente 400. A lo dicho se sumaban las caricias o regalos obligatorios, que consistían en capones, carneros, manzanas, huevos, quesos, miel y otros alimentos exquisitos. Por ultimo, el inquilino se comprometía a conservar y mejorar la capacidad de producción de la finca, obligándose a abonarla regularmente con cal y a hacer plantaciones de castaños y manzanales. También se le exigían reparaciones menores en el caserío, y en algún caso un reteje completo o la construcción del horno. Las obras mayores corrían a cuenta del dueño. Antiguamente los contratos solían ser breves, de cuatro a diez años generalmente, lo que permitía al propietario subir periódicamente la renta y añadir nuevas cargas, al mismo tiempo que seleccionar a los candidatos mas trabajadores o a los que le inspirasen mayor confianza. Ello no era obstáculo para que en circunstancias normales se instaurasen buenas relaciones que favorecían la renovación del acuerdo e incluso la sucesión de los hijos del inquilino al frente de la explotación, pero para ello había que cuidar que el amo estuviese siempre satisfecho.

Con la llegada de la industrialización a Guipúzcoa y la amenaza de la despoblación rural, el poder de los propietarios disminuyo y los labradores ganaron en estabilidad, de manera que las ultimas generaciones de inquilinos apenas se han movido de su caserío y han llegado a considerarlo casi propio.

56.	La miel era el unico edulcorante utilizado en los caserios guipuzcoanos. Todos los caserios tenian colmenas y una parte de la produccion se reservaba obligatoriamente para regalar al amo de la casa.
56. La miel era el unico edulcorante utilizado en los caserios guipuzcoanos. Todos los caserios tenian colmenas y una parte de la produccion se reservaba obligatoriamente para regalar al amo de la casa. © Xabi Otero
57.	Aduna. Antiguamente los caserios nunca se arrendaban por mas de una decada. La renovacion del contrato dependia de la buena o mala labor realizada por los maisterrak. Con la aparicion de la industria muchos inquilinos abandonaron el campo y los que se quedaron pudieron disfrutar de mayor estabilidad.
57. Aduna. Antiguamente los caserios nunca se arrendaban por mas de una decada. La renovacion del contrato dependia de la buena o mala labor realizada por los maisterrak. Con la aparicion de la industria muchos inquilinos abandonaron el campo y los que se quedaron pudieron disfrutar de mayor estabilidad. © Xabi Otero

 

58.	Existian algunas variedades de manzanas de especial calidad, las gorde sagarrak, que se conservaban sanas durante muchos meses y que habitualmente se utilizaban para pagar la renta del caserio.
58. Existian algunas variedades de manzanas de especial calidad, las gorde sagarrak, que se conservaban sanas durante muchos meses y que habitualmente se utilizaban para pagar la renta del caserio. © Xabi Otero
59.	Junto al fuego bajo se decidia cual de los hijos habria de heredar el caserio y el momento justo -casi siempre demasiado tardio- en que se le consentiria contraer matrimonio.
59. Junto al fuego bajo se decidia cual de los hijos habria de heredar el caserio y el momento justo -casi siempre demasiado tardio- en que se le consentiria contraer matrimonio. © Xabi Otero

Herencia vasca con leyes castellanas

Desde que en los siglos XII-XIII comenzaron a fundarse los primeros caseríos familiares en Guipúzcoa, se había instituido la tradición de seleccionar a uno solo de los hijos para que sucediera al padre al frente de la explotación agrícola, desheredando al resto de los hermanos. Sobre esta base de herencia indivisible, que protegía la viabilidad económica de la casa por encima del bienestar individual de sus ocupantes, se formo la clase de pequeños propietarios que ha constituido la medula histórica de los caseríos.

60.	Los hijos desheredados solian recibir de sus padres un arca con ropa blanca y una cuja de cama. El arca era tambien un elemento esencial de la dote femenina.
60. Los hijos desheredados solian recibir de sus padres un arca con ropa blanca y una cuja de cama. El arca era tambien un elemento esencial de la dote femenina. © Xabi Otero
61.	En los caserios guipuzcoanos un solo hijo -daba igual que fuese hombre o mujer- era escogido para recibir toda la herencia de la familia en el mismo instante de su matrimonio.
61. En los caserios guipuzcoanos un solo hijo -daba igual que fuese hombre o mujer- era escogido para recibir toda la herencia de la familia en el mismo instante de su matrimonio. © Xabi Otero

Pero Guipúzcoa estaba integrada en la corona castellana y las leyes del reino en materia de sucesiones tenían un espíritu completamente distinto a la costumbre vasca. En concreto, el viejo Fuero Real, cuya aplicación se había hecho obligatoria a partir de 1348, defendía el derecho de todos los hijos a recibir su parte legitima de los bienes paternos, y a lo sumo consentía que al favorito se le beneficiase con un tercio del total. Desde aquellas fechas los guipuzcoanos trataron de que se les reconociese su normativa peculiar, argumentando –sin éxito- que la partición suponía la muerte del caserío.

62.	Cuando la recien casada se instalaba como nueva señora en casa de su marido, recibia de su suegra un cucharon de palo, como simbolo de la cesion del poder domestico.
62. Cuando la recien casada se instalaba como nueva señora en casa de su marido, recibia de su suegra un cucharon de palo, como simbolo de la cesion del poder domestico. © Xabi Otero

Como no obtuvieron respuesta a estas peticiones tuvieron que idear una formula que les permitiera respetar la letra de la ley y al mismo tiempo lograr el resultado practico de transmitir la casa y las tierras a un solo heredero. La solución adoptada desde principios del siglo XVI a fines del XIX fue la de donar el caserío al hijo designado como sucesor en el mismo momento en que este contraía matrimonio. Mediante un pacto que se redactaba por escrito el hijo y su nueva esposa se convertían así en propietarios, pero a cambio se comprometían a seguir tratando con respeto a los padres, a cederles en usufructo la mitad de los bienes recibidos y, llegado el momento, a pagarles unos funerales dignos. A los demás hermanos se les apartaba dándoles algún dinero, un arca y una cama con muda nueva.

Los padres solían mostrarse recelosos de perder demasiado pronto su autoridad y a menudo trataban de retrasar la boda todo lo posible, lo que dio lugar a que muchas parejas guipuzcoanas demasiado impacientes concibieran hijos ilegítimos antes de celebrarse matrimonio. En el momento en que, finalmente, la nueva nuera era admitida en la casa de forma oficial, la madre le entregaba ceremoniosamente el cucharón de madera con el que se repartía la comida: un gesto simbolico que marcaba la cesion definitiva del poder.

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